Un monje franciscano, un campamento militar y el falso manco de Lepanto

Cien razones para amarte XLVII

Esta es la cuarenta y siete entrega de la serie de artículos CIEN RAZONES PARA AMARTE sobre Alcalá de Henares con que nos deleita nuestro colaborador Antonio Lera sobre las cien razones que le han llevado a amar esta ciudad. Las fotografías que acompañan esta entrega son obra de la mirada desde el objetivo de su cámara de Carolina Delgado

La batalla de Lepanto, “la más memorable y alta ocasión que vieron los siglos, ni esperan ver los venideros”. Así la recordaba Miguel de Cervantes en el prólogo de sus Novelas Ejemplares. Y así la recordaba porque así la había vivido, desde una galera llamada La Marquesa que fue testigo de cómo no perdió una mano, mutilada y errónea imagen instalada en el imaginario colectivo, pero sí de como una bala de arcabuz se la dejó inútil. El plomo traidor fue piadoso con la Historia, homicida de un posible zurdo literato en época de pluma y tintero, a cuatro siglos de distancia de grabadoras y taquígrafos esclavos del dictado ajeno. Pero Cervantes era diestro, de mano y de ingenio, y tras años de dedicarse a soldado de fortuna, nómada aventurero y cautivo argelino decidió que los sueños no basta con soñarlos, hay que hacerlos realidad, y si de paso inventamos la novela moderna y creamos a dos de los personajes más arquetípicos y queridos de la literatura universal pues a Dios gracias que el turco pistolero hizo blanco en la extremidad más ociosa en lo referente claro está al oficio de escritor, que para tocar la guitarra o dar palmas malamente hubiese quedado acertando en cualquiera de las dos

Imposible pensar que Alcalá sería lo que es si Cervantes no hubiera escrito el Quijote. Seguiría siendo una gran ciudad, sin duda, la sombra de la Universidad es muy alargada, tanto como quinientos años y alguno más. Pero pasearíamos por la Plaza Mayor e iríamos al Teatro Salón Príncipe. Los turistas no tendrían una casa natal que visitar y en un banco vacío de caballero andante y fiel escudero sólo algunos jóvenes enamorados robarían a la realidad la fotografía selfiediana de un beso que nunca saldrá de la tarjeta de memoria de sus móviles. Esperaríamos a los amigos bajo la estatua de un insigne alcalde del pasado, reputado promotor de alguna importante reordenación urbana, y los mayores se acordarían de la desaparecida gaseosa “la Complutense” cada vez que quisieran rebajar los grados de un mal vino. El rey iría cada año a entregar el premio Lope de Vega, el más importante de las letras españolas, a la Biblioteca Nacional de Madrid, y los bares y restaurantes del casco histórico se llamarían con los nombres de las hijas de los dueños o con el topónimo del lugar de origen de sus ancestros. Y no habría ni semana ni Mercado Cervantino.

Quijote en el mercado cervantino
Fotografía realizada por Carolina Delgado

No habría Mercado Cervantino. El 9 de octubre no sería fiesta en Alcalá de Henares, y las calles del centro no se llenarían durante esos días, alargando el jolgorio desde San Cervantes hasta el día del Pilar, de amigos a los que abrazar bajo las banderas de los estandartes y entre los olores tentadores de manjares y viandas, compartiendo un costillar de cerdo y una jarra de cerveza al son de las notas del laúd de un jovial trovador de calzas largas. Los cinco sentidos funcionando a todo trapo al mismo tiempo. Miles de corazones latiendo a la vez en el propio corazón de una ciudad. De nuestra ciudad. Una ciudad que durante esas fechas otoñales viaja al pasado para recordar y celebrar a su vecino más famoso y a sus personajes más legendarios.

Porque Miguel de Cervantes sí escribió el Quijote. Divino regalo para la humanidad, terrenal premio para Alcalá de Henares. Ya han pasado más de veinte años desde que por primera vez la Plaza Cervantes y sus alrededores se engalanaron con las prendas visuales de un siglo XVII de decadencia política y económica y, seguramente por ello, de apogeo de las artes y las letras. Y es ese esplendor el que llena con su aroma el casco histórico de la ciudad. Norias de madera que giran a ritmo de pedal. Niños montando en burros en peligro de extinción, los burros, no los niños, por culpa del vacío rural y la propulsión a motor. Mi disfraz de monje franciscano, desempolvado después de doce meses de ostracismo, pero listo año tras año para mimetizarme con la atmósfera y conseguir, echándole un poco de cara, alguna cerveza gratis. Gansos paseando por la calle Mayor, saltimbanquis y malabaristas creando corros a su alrededor y halcones sobrevolando las azoteas bajo las desconfiadas miradas de las cigüeñas. Artesanos domando arcilla, cuero y metales con sus manos y adivinos vaticinando el futuro en las cartas del tarot. Caballeros de plateada armadura peleando por la gracia de una dama, impulsados a la victoria en alas del amor cortés. Empanadas de todos los sabores que se puedan imaginar, chorizos, morcillas, pinchos morunos y bocadillos de panceta. Hornos de pan y deliciosos dulces árabes rellenos de miel y pistachos acompañados de aromáticos tés orientales. Cerveza, vino e hidromiel. Risas, bailes y canciones. Todos mirando al cielo cada mañana rezando para que la lluvia nos de tregua un día más. Don Quijote y Sancho Panza recorriendo a lomos de sus jumentos una ciudad por la que Cervantes en su obra, ¿acaso importa?, nunca les hizo cabalgar

Un año de ausencia y otro en el exilio. Un exilio a las afueras, un viaje aun más remoto, a la vida de un Cervantes que podía usar sus dos manos porque todavía una bala de arcabuz no se había encontrado con su izquierda, cuando, a lomos de una galera llamada La Marquesa cabalgaba sobre las olas del mar Jónico en busca de la fama y fortuna que sin duda le depararían el participar en “la más memorable y alta ocasión que vieron los siglos, ni esperan ver los venideros”. Un exilio a un recinto ferial que se convertirá durante unos días en un campamento militar de alistamiento para la batalla de Lepanto. No habrá Quijotes, ni Sanchos, ni Dulcineas. No habían nacido, o sí, quien sabe, quizá ya se enfrentaban a molinos de viento y deshacían entuertos en la imaginación de su futuro creador. Tal vez el Caballero de la Triste Figura sea el idealizado reflejo de algún compañero de cuartel o de cautiverio argelino de nuestro Príncipe de los Ingenios. O Dulcinea el recuerdo de alguna joven siciliana a la que amó fugazmente en Messina. Quien sabe. Lo único que sé con certeza es que un año más rescataré del fondo de un cajón mi disfraz de monje franciscano y volveré a ser parte de esos mágicos días en los que Alcalá de Henares viaja al pasado pensando en su futuro. ¡Dios, cómo amo esta ciudad!


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