¿Sabes quién fue la actriz que interpretó a Dalila, en la película Samson and Delilah?

Hedwig Eva Maria Kiesler

Mujeres Infinitas

Sansón y Dalila (Samson and Delilah) es una película estadounidense de 1949, producida y dirigida por Cecil B. DeMille. Fue interpretada por Hedy Lamarr en el papel de Dalila y Victor Mature en el de Sansón. La película está ambientada en el antiguo Israel del año 1000 a. C. Sansón (Victor Mature) es un israelita revolucionario bendecido por Dios con una enorme fuerza, misma que reside en su larguísima cabellera la cual nunca debe ser cortada y con la que defiende y protege a su pueblo de los ataques de los Filisteos, sus enemigos, que han conquistado y tenido dominada la tierra prometida por más de 40 años.Os hemos situado en esta película para despistaros, porque ahora viene lo mejor: Os vamos a contar mucho más acerca de la preciosa protagonista de Sansón y Dalila.

Un poco de historia personal

Ella fue Hedy Lamarr y nació en Viena el 9 de noviembre de 1914 como Hedwig Eva Maria Kiesler. Hija única de un matrimonio de judíos. Su madre nació en Budapest y fue pianista de conciertos y su padre en Leópolis, que fue director de un banco. Pertenecían a familias judías de clase alta. Lamarr, fue una estudiante muy aplicada y precoz. A la edad de once años dominaba el piano y la danza y podía hablar cuatro idiomas. En el colegio, destacó por su brillantez intelectual siendo considerada por sus profesores como superdotada. En casa, creció escuchando las interpretaciones de su madre al piano y ella misma, desde pequeña, tocó este instrumento a la perfección. Compleja e inquieta, abandonó los estudios de ingeniería, decidida a cumplir el sueño de ser actriz.

Su descubridor, el empresario y director de teatro y cine Max Reinhardt, la llevó a Berlín para que se formase en interpretación, tras lo cual, regresaron a Viena para empezar a trabajar en la industria del cine. Hedy Lamarr fue considerada durante muchos años la mujer más bella del mundo, una actriz que deslumbraba al público en las grandes producciones de la conocida como “era dorada” de la Metro-Goldwyn-Mayer. En la década de los 30 y los 40 compartió cartel con actores de la talla de Clark Gable, Jimmy Stewart, y Spencer Tracy y su rostro fue la inspiración de Blancanieves y Catwoman, dato que al menos, yo no sabía hasta hace muy poco.

El año pasado se celebró su centenario, la “mujer más bella de la historia del cine” y la inventora del sistema de comunicaciones denominado “técnica de transmisión en el espectro ensanchado” en el que se basan todas las tecnologías inalámbricas de que disponemos en la actualidad. Actriz, ingeniera de telecomunicaciones e inventora cuyo glamour eclipsó sus otras facetas. Como otra curiosidad de su filmografía, fue la película que la llevó al estrellato en 1932, no pudo ser más polémica. Éxtasis, filmada en Checoslovaquia bajo la dirección de Gustav Machaty, fue el primer film en mostrar el rostro de una actriz, completamente desnuda, durante un orgasmo. Como no podía ser de otra forma, aquello fue tachado de escándalo sexual y se prohibió su proyección en las salas de cine. Le llovieron censuras y condenas, incluida la del Vaticano.

Los padres de Hedwig, al ver a su hija desnuda en la pantalla, quedaron espantados y
horrorizados. Pero no todos los que lograron visionar la película reaccionaron del mismo modo. Fritz Mandl, magnate de la empresa armamentística, quedó embelesado de la belleza de la joven y solicitó permiso a su padre para cortejarla. El matrimonio, todavía avergonzado por el comportamiento de su hija, aceptó encantado la proposición de cortejo del empresario y, más tarde, su petición de mano. Creyeron que siendo este bastante mayor que Hedwig, la pondría en vereda devolviéndola al buen camino. Ignoraron la voluntad de la muchacha, que deseaba seguir adelante con su carrera artística.

La obligaron a casarse con Firtz condenándola a una temporada en el infierno. Firtz Mandl era extremadamente celoso y trató de hacerse con todas las copias de Éxtasis. Sólo le permitía desnudarse o bañarse si él estaba presente y la obligaba a acompañarle a todos los actos sociales y cenas de negocios para no perderla de vista. Hedwig se vio forzada a transformarse en lo que siempre había detestado, en el trofeo de exhibición de un tirano.

Muchos eran los que pensaban que tenía todo lo que uno podía desear, que envidiaban su jaula de oro. Vivía rodeada de lujo en el famoso castillo de Salzburgo pero era una esclava que no podía hacer nada sin autorización. Hastiada del vacío insoportable en el que se había convertido su vida, retomó la carrera de ingeniería. En las reuniones de trabajo de Mandl a las que se la forzó a asistir, aprovechó para aprender y recopilar información sobre las características de la última tecnología armamentística nazi. Su marido era uno de los hombres más influyentes de Europa y, antes de la Segunda Guerra Mundial, se dedicó a surtir el arsenal de Hitler y Mussolini. Por ello, fue considerado como ario honorario por los gobiernos fascistas pese a ser de origen judío.

La vigilancia continua llegó a resultarle tan insoportable que decidió huir. Estando Mandl en un viaje de negocios, escapó por la ventana de los servicios de un restaurante y huyó en automóvil hacia Paris. No llevó más ropa que la puesta. Sólo cogió las joyas para conseguir el dinero que le permitiese alejarse de allí. La fuga fue angustiosa, los guardaespaldas de su marido la persiguieron durante días. Finalmente, logró llegar a Londres y embarcarse en el trasatlántico Normandie con destino a Estados Unidos.

Un sueño hecho realidad más allá del océano

Allí coincidió con un viajero muy especial, el productor de películas Louis B. Mayer que le ofreció trabajo antes de llegar a puerto. La única petición era que se cambiase el nombre para que no se la relacionase con la película Éxtasis. De los nombres que le eligieron se quedó con el de Hedy Lamarr en memoria de la actriz del cine mudo Bárbara La Marr. Sobre las aguas del Atlántico Hedwig firmó su contrato con la Metro-Golwyn-Mayer.

Hedy Lamarr, la actriz más glamurosa sobre las pantallas, había nacido.

Y esa valiente mujer y nueva actriz, se instaló en Hollywood y protagonizó una treintena de películas pero no tuvo demasiado ojo al elegirlas. Sin ir más lejos, rechazó dos obras de arte como Luz de Gas y Casablanca. Tampoco tuvo oportunidad de interpretar a Escarlata en Lo que El Viento Se Llevó, quedándose a las puertas. Aún así, su imagen deslumbrante la convirtió en la verdadera estrella emergente de los años treinta.

Hedy la ingeniera

En 1941 medio mundo estaba en guerra y el otro medio estaba a punto de entrar en ella. Los ejércitos alemanes habían barrido las fuerzas polacas y francesas de forma rotunda y tremendamente rápida. Ahora el peligro de una más que posible invasión se cernía sobre la Gran Bretaña. Hedy conocía de cerca las prácticas de gobierno de Hitler y alimentaba un profundo rencor hacia los nazis, por lo que decidió aportar su contribución personal al esfuerzo de guerra de los aliados. En primer lugar, ofreció su trabajo y su preparación como ingeniera al recientemente creado National Inventors Council pero, lamentablemente, su oferta fue amablemente rechazada por las autoridades, que le aconsejaron que basase su participación en su físico y en su éxito como actriz, promoviendo la venta de bonos de guerra.

Estamos otra vez ante esta discriminación hacia la mujer, solo por el hecho de serlo. Muy lejos de desanimarse u ofenderse, consultó a su representante artístico e idearon una campaña en la que cualquiera que adquiriese veinticinco mil o más dólares en bonos, recibiría un beso de la actriz. En una sola noche vendió siete millones de dólares.

Pero Hedy no estaba satisfecha, deseaba aportar sus conocimientos a fines técnicos que mejorasen las oportunidades de los ejércitos aliados, y examinó qué podría hacerse en los campos más sensibles a la innovación. El área de las comunicaciones era especialmente crítica en una guerra de movimiento y la radio resultaba el medio de comunicación más adecuado.

Por otra parte, también se estaban experimentando sistemas de guiado de armas por control remoto mediante señales de radio. Y el uso de estas señales radioeléctricas presentaba dos problemas fundamentales: En primer lugar, que las transmisiones eran absolutamente vulnerables y, el segundo aspecto negativo, era la propia inseguridad en la recepción de la señal de radio (accidentes geográficos, meteorología, reflexiones en la alta atmósfera, etc.) El caso es que Hedy Lamarr se interesó por los temas de la defensa nacional a raíz del trágico hundimiento de un barco lleno de refugiados por un submarino alemán en 1940. El sistema concebido por Hedy partía de una idea tan simple como eficaz. Se trataba de transmitir los mensajes u órdenes de mando fraccionándolos en pequeñas partes, cada una de las cuales se transmitiría secuencialmente cambiando de frecuencia cada vez, siguiendo un patrón pseudoaleatorio. De este modo, los tiempos de transmisión en cada frecuencia eran tan cortos y además estaban espaciados de forma tan irregular, que era prácticamente imposible recomponer el mensaje si no se conocía el código de cambio de canales. Este procedimiento se conoce ahora como “transmisión en espectro ensanchado por salto de frecuencia”, en inglés Frequency Hopping Spread Spectrum (FHSS). El transmisor y el receptor eran asequibles a la tecnología de la época, basada en componentes electromecánicos y válvulas de vacío, aunque resultaban voluminosos y, frágiles.

Hedy no tenía ningún problema en diseñar y construir ambos aparatos, pero quedaba pendiente el delicado problema de la sincronización. Necesitaba la colaboración de alguien muy experto y la casualidad vino en su ayuda. En una cena conoció a George Antheil, pianista y compositor norteamericano, admirador de Stravinsky e inmerso en los movimientos dadaísta y futurista. Lo cierto es que Antheil había logrado sincronizar sin cables 16 pianolas que formaban parte de la orquesta mecánica, y esta precisión es justamente lo que Hedy estaba buscando. Ambos trabajaron intensamente durante algo más de seis meses para encontrar la solución. El 10 de junio de 1941 presentaron al registro la solicitud de patente: “SECRET COMMUNICATION SYSTEM. Filed June 10, 1941 2 Sheets-Sheet 2 Patented Aug. 111, 1942 SECRET COMMUNICATION SYSTEM Hedy Kiesler Markey, Los Angeles, and George Anthcil, Manhattan Beach, Calif. Application June 10, 1941, Serial No. 397,412”, que les fue concedida el 11 de agosto de 1942, cuando USA ya estaba en guerra con Japón y Alemania. Hedy firmó con su apellido de casada, Markey, que apenas utilizó durante un par de años.

Es de destacar que, aunque la patente se titula “Sistema Secreto de Comunicación”, tanto el texto de la descripción como los dibujos se refieren a la aplicación concreta como control remoto del timón de un torpedo. La patente interesó a los militares, pero suscitó diversas opiniones. La marina de EEUU presumió problemas en su mecanismo, que no era demasiado apto para ser colocado en un torpedo, concluyó que el sistema era excesivamente vulnerable, inadecuado y engorroso y archivó el proyecto. Lamarr y Antheil no insistieron, se olvidaron del tema y volvieron a la cinematografía. En la actualidad, muchos sistemas orientados a voz y datos, tanto civiles como militares emplean sistemas de espectro ensanchado, entre ellos todas las tecnologías inalámbricas de que disponemos en la actualidad, tanto la telefonía de tercera generación como el Wifi o el BlueTooth, se basan en el cambio aleatorio de canal. Cada vez se encuentran más aplicaciones en la transmisión de datos sin cable, campo en el que, todavía no se han explorado todas sus posibilidades. Aunque la actriz no consiguió ingresar ni un solo centavo por la patente, que caducó sin ser utilizada, no puede discutirse que fue la pionera en esta técnica. Los honores y el reconocimiento, como veremos, tardaron en llegar.


Su historia acabó el 19 de enero de 2000 en Caselberry. Como última voluntad pidió que parte de sus cenizas se esparcieran por los bosques de Viena, cerca de su casa natal. La herencia, valorada en 3 millones de dólares, fue repartida entre sus dos hijos menores, su secretaria personal y un policía local que la acompañó y ayudó durante su última etapa. Después de su muerte, su hijo cumplió con sus deseos. La mitad de las cenizas cubrió los bosques vieneses mientras que la otra fue entregada al consistorio vienés para que las enterrasen en un memorial. Pero estos pidieron diez mil euros por la lápida, precio que el hijo de Lamarr no podía costear.

Finalmente, catorce años después de su muerte, el pasado 7 de noviembre, recibió su merecido homenaje en Viena. Lamarr, mujer de gran inteligencia e ingenio, nos dejó una herencia infinita en el campo de la tecnología inalámbrica.

En Austria, el Día del Inventor se celebra el 9 de noviembre en su honor.

— CONTENIDO RELACIONADO —