Las rayas canallas de los colchones

Cien razones para amarte XCIII

Esta es la Nonagésimo tercera entrega de la serie de artículos CIEN RAZONES PARA AMARTE sobre Alcalá de Henares con que nos deleita nuestro colaborador Antonio Lera sobre las cien razones que le han llevado a amar esta ciudad.

Coraje, sacrificio, determinación, compromiso,
resistencia, corazón, talento, valentía.
De esto es de lo que están hecho las chicas;
somos el diablo con azúcar y pimienta

Bethany Hamilton, surfista

Final de la Copa de la Reina. Minuto 88. Real Madrid 2, Atlético de Madrid 0. Lo previsto. Talonario puesto al servicio del fichaje estrella para subirse al carro del fútbol femenino cuando ya llena estadios, vende camisetas y se retransmite por la tele, frente al abolengo de un equipo que, como muchos otros, hizo la travesía del desierto aguantando desprecios de “butanitos” y otros iluminados del deporte, jugando en campos olvidados con la única presencia en las gradas de amigos y familiares y luchando contra estereotipos machistas en un mundo tan sexista como el del fútbol. Pero nunca dejes de creer. A veces pasa, David derriba a Goliat, con un último esfuerzo heroico, al estilo Hollywood, cuando todo está irremisiblemente perdido y parece que el pez gordo se va a comer una vez más al chico. Minuto 96. Real Madrid 2, Atlético de Madrid 2. Prórroga intrascendente y tanda de penaltis concluyentes. Lo dicho, nunca dejes de creer, nunca dejes de soñar, la reina Ginebra, que les den a Lancelot y a Arturo, enfundada con guantes de cancerbera defendiendo su mesa redonda de 7,32 metros de longitud por 2,44 metros de altura. Y el Santo Grial a engrosar las vitrinas de las féminas colchoneras. Corazón rojiblanco, que como decía Almudena Grandes, india de las que acampaba en la ribera del Manzanares, es un solo color, atributo inseparable. Y ahora, además, un, dos, tres, responda otra vez, amigas y residentes en Alcalá de Henares.


Las veo casi todos los días, en grupos, después del entrenamiento, haciendo la compra en el súper, con sus Hyundai bermellones de regalo esponsorizado con matrículas consecutivas aparcados en la acera de enfrente, con sus chándales y mochilas tatuados con el escudo de las rayas y el oso y el madroño, exhibiendo esa alegría que evidencia que son jóvenes y hacen lo que les gusta. Jugar al fútbol. A pesar de ser chicas. Pese a quien pese. Quien diga que el fútbol femenino no es competitivo ni emocionante es que no ha estado nunca en un partido. En un Calderón a rebosar frente al Athletic, en un Metropolitano repleto frente al Barsa, o en el Centro Deportivo Wanda Alcalá de Henares, hogar nuevo dulce hogar, las últimas cuatro temporadas. Partidos de liga y de copa de Europa, más victorias que empates, y bastantes más que derrotas, que también las ha habido, y dolorosas, que para eso es el Atleti, el eterno pupas, el de miles de gargantas gritando ¡uy!, otra más rozando al larguero y en la siguiente jugada nos la clavan. Pero que lloren otros, que no seremos los primeros pero cerca andamos, y de vez en cuando toca besar el cielo, y cuando eso pasa… ¡qué gozada hermano!


Pero en realidad esto no va del Atleti, va de mujeres jugando al fútbol en Alcalá de Henares, ganándose la vida dándole patadas a un balón y corriendo la banda en pantalones cortos. Va de mujeres que rompen barreras, al menos las psicológicas, que las económicas ya son otro cantar y esas parecen mucho más complicadas. El fútbol como fiel reflejo de la sociedad. Va de mujeres que son ejemplo para miles de niñas que ya no quieren llevar la camiseta de Griezmann, Messi o Ronaldo, sino que prefieren lucir en sus espaldas el nombre y el número de Virginia Torrecilla, Lola Gallardo o Alexia Putellas. Va de mujeres que entran al rechace, rematan de cabeza y tienen roturas del ligamento interior cruzado. Va de una lucha por la igualdad que ya hace tiempo que dejó de ser silenciosa, y que va cogiendo la velocidad de una carrilera zurda con olfato goleador. Tengo amigas y compañeras de trabajo que sus hijas ya no quieren ir a ballet o a gimnasia rítmica. Quieren ir a jugar al fútbol a la academia del Atleti. Aquí, en Alcalá de Henares, ¿no deberíamos sentirnos orgullosos?


Recuerdo la primera vez que oí una noticia sobre fútbol femenino en la televisión, seguramente la única ocasión hasta ese momento en la que se le dio cancha en las portadas de la prensa deportiva. Año 2004, Milene Domingues fichó por el Rayo Vallecano. A casi nadie ese nombre le sonará de nada. Y a casi nadie le sonará de nada porque lo importante no era que fuese una gran jugadora brasileña de fútbol, sino que era la mujer de Ronaldo. Si digo Ronaldinha seguro que todo el mundo sabe de quien hablo. “No soy Ronaldinha, llámenme Milene o Mika. A la mujer de Zidane no la llaman Zidana”. Sus propias palabras, caídas en saco roto. El patriarcado dando caña hasta en el carné de identidad, el sexismo en su máxima expresión, anulando la personalidad de una mujer bajo la impronta nominal del macho dominante.


Por suerte en los últimos veinte años eso ha cambiado. No lo suficiente, pero creo sinceramente que estamos mucho mejor, y que seguirá mejorando. Si no lo joden los que asoman el hocico haciendo política con el miedo y con el odio, a base de mentiras y populismo barato. Ni un paso atrás, y si hay que cedérsela a la portera, que sea para empezar un nuevo ataque. El balón siempre hacia adelante, para arriba, y todo el equipo a defender atacando, a buscar el área enemiga y a perforar su portería. Lo dicho, el fútbol como fiel reflejo de la vida. Metáfora vital del futuro de las mujeres complutenses, símbolo cabal del partido a partido, podría haber sido otro equipo, pero ninguno hubiese encajado como el Atleti. Da igual si los tuyos son otros colores, porque ya forma parte de nuestra ciudad, y la hace más grande. En realidad, se hacen más grandes mutuamente.

Qué manera de sufrir,
qué manera de palmar,
qué manera de vencer,
qué manera de vivir.”


Himno del Centenario. Joaquín Sabina.

Epílogo

No habrá más razones para amar Alcalá de Henares. Esta será la última. Lo sé, no tiene sentido, es absurdo. Después de noventaitrés dejarlo de repente cuando sólo quedan siete para llegar al final. Pero lo cierto es que no me siento con ánimos para continuar y que me cuesta mucho encontrar algún motivo más para amar esta ciudad. En realidad, si he de ser sincero con los demás y conmigo mismo, creo que todo esto no era más que un espejismo, una necesidad, un requisito forzado para integrarme en un lugar en el que en el fondo me siento intruso, insatisfactoriamente feliz. Por un momento creí que lo había logrado. Pero no, a pesar de casi un cuarto de siglo de convivencia en el fondo sigo pensando lo mismo que el primer día que vine a vivir aquí. Que Alcalá no es más que un pueblo de doscientos mil habitantes con mentalidad cateta que nunca superará su complejo de estar a la sombra de Madrid y que ha forzado la reconstrucción de un pasado, no tan brillante como se pudiera pensar, hasta límites extremos para crear un futuro que dista mucho de ser atractivo. ¿Patrimonio de la Humanidad? Se me ocurren sin pararme a pensarlo mucho una docena de ciudades en España que sin serlo lo merecerían más.

Tal vez no sea más que despecho, una pelea de enamorados. Quién sabe, el tiempo puede curarlo casi todo, quizá en un futuro vuelva a dejarme cortejar por Alcalá, y encuentre en mi corazón esas siete razones finales que ahora mismo soy incapaz de hallar. Pero esto ya no me hace feliz. No me hace feliz adular a una ciudad que elige a racistas, xenófobos, homófobos y sexistas entre sus representantes. Siento vergüenza ajena porque tres de estas personas me van a representar en el Ayuntamiento, quien sabe si incluso siendo responsables de concejalías tan delicadas como las de educación o de seguridad ciudadana. Miedo me da. Pero no sé por qué me sorprende. Casi once mil personas les han votado, eso deja muy claro en qué clase de ciudad estoy viviendo. Por desgracia no me queda más remedio, hipoteca y mercado inmobiliario mandan, pero es tan profundo mi resentimiento que hasta lamento que mi hija haya nacido aquí, eso sí que me jode. Siento que he perdido el tiempo dedicándole más de noventa razones para amarla, aunque la mayoría en realidad fueran mentira. No importa, por momentos fue divertido. Un engreído ejercicio de vanidad y fatua intelectualidad que ha llegado a su fin. Tampoco pasa nada, total, no lo leía casi nadie. Ni siquiera mis amigos. Gracias a los pocos que sí lo hacíais. Sois el único motivo por el que este punto y final podría convertirse algún día en un punto y seguido. Lo dudo, presiento la llegada de tiempos oscuros. Adiós.

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